jueves, 13 de mayo de 2010

LA HONRA DEL UNGIDO...

Últimamente estoy viviendo en tercera persona (y digo “estoy” porque aún no ha acabado, ni sé cómo acabará…) un caso de disciplina eclesiástica, a mi entender profundamente surrealista. Una amiga ha sido puesta en voto de censura (estado disciplinario de membresía comunitaria que merma sus derechos en tanto que miembro de la iglesia) por llamar públicamente mentiroso al clérigo de su comunidad.

Aunque obviaré los detalles más escabrosos, y los múltiples atentados al principio evangélico de la disciplina, que marca de forma irrenunciable el trayecto a seguir en estos casos (reprender en privado; hacerlo después de forma discreta en el marco de un grupo reducido de dirigentes, de forma que el disciplinado encuentre un marco humano en el que explicarse; y, en último extremo, exponer el caso a la comunidad, con el fin de encontrar una solución que contemple, ante todo, la restauración comunitaria del reprendido), os contaré que la razón aducida públicamente para este acto disciplinario, en palabras de otro clérigo de rango administrativo superior al primero, fue que no se puede poner en cuestión “la honra de un ungido”. E incluso habiendo pedido perdón al dirigente, ante toda la comunidad, mi amiga fue disciplinada en esa misma reunión.

Lo más difícil y lo más exigente que hay en la vida son las relaciones humanas, saber vivir y convivir con los demás. En esto, y sobre todo en esto, es donde se ve la calidad de una persona y la densidad de un proyecto comunitario. Por esto se comprende que, en este ámbito de la vida sobre todo, es donde Jesús se empleó a fondo.

Dicen los historiadores de la cultura y de la antropología que el valor supremo en las sociedades mediterráneas del siglo I era la honra. En tiempos de Jesús, por salvar y asegurar la honra, el buen nombre, la dignidad personal o social, la gente agredía a los demás, los menospreciaba y, si era preciso, hasta los mataba.

Ahora bien, sabemos de sobra que Jesús rompió con la honra, o con la dignidad de un cargo, en cuanto valor determinante de la vida. No le importó el cargo que alguien ostentase, cuando entendía que tenía algo que recriminarle:

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, pues sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera parecen bonitos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia! (Mt. 23:27)

El apóstol Pablo también tenía claro que la escala jerárquica en la iglesia primitiva no debía otorgar más dignidad eclesiástica a quien la ostentaba:

Nada hagáis por rivalidad, ni por vanagloria, sino con humildad, considerando cada cual a los demás como superiores a sí mismo (Fil. 2:3)

La prevalencia de la honra como valor determinante en la vida divide, separa y enfrenta a las personas. Y las enfrenta hasta el extremo de generar odios y violencias inimaginables. Desde el momento en que la honra propia se sitúa en el centro de la vida y de la convivencia, los excluidos brotan y se multiplican por todas partes. Nacen, entonces, las competitividades y los enfrentamientos, e incluso sale a la luz lo peor de nosotros mismos, percibiendo como insoportables a todos aquellos que nos deshonran, y permitiéndonos hacer lo necesario para que nuestro buen nombre prevalezca.

Jesús le dio a todo esto un giro radicalmente distinto, proponiendo que todo se reduce al “principio del respeto” como fuerza determinante de la vida. Lo cual parece una afirmación ingenua y simplista. Pero que, en realidad, es una formulación que engloba el mensaje central del evangelio. Me explico:

El principio del respeto es, ante todo, no simplemente “ser bueno” y menos aún “bonachón”. Respetar es vivir de tal manera que quien se siente respetable se caracteriza por el hecho de que contagia respeto porque lo tiene hacia los demás. El respeto no se predica, ni se enseña. No se demanda ni se impone. Sólo una persona que se respeta a sí misma puede hacerse respetar por los otros. Es evidente que muchas veces no nos sentimos felices en la vida, ni con lo que nos hacen los demás. Pero ahí, y entonces, es cuando emerge la calidad de la persona o del grupo que, por encima de sus personales estados de ánimo o de sus problemas con alguien, es capaz de seguir contagiando a ese alguien, bienestar, sosiego, paz… En definitiva, es capaz de respetarle.

Ser respetable es no querer jamás, ni por nada, distinguirse y situarse por encima de otros. Se trata, en efecto, de la condición en que viven quienes no admiten ser superiores ni más dignos que los demás. Ni soportan ir por la vida como seres sagrados o consagrados, que merecen un respeto al que otros no tienen derecho. Por eso, los privilegiados de siempre, los amigos de dignidades, títulos, oropeles o tronos de honor no quieren ni oír hablar de este tipo de respeto. Y dicen que eso es “relativismo” o “pérdida de valores”. En realidad, se trata de gentes de baja calidad humana, personas que andan sobradas de autoestima, eternos complacientes en su propio ego, individuos que nunca van a ninguna parte porque nunca salen de sí mismos, ni paran de dar vueltas en torno a su propia honra y dignidad, supuestamente conferida por una función eclesiástica, sobrecargados de cargos y bloqueados en la burbuja de semejante payasada.

Ser respetable es, ante todo y sobre todo, tener respeto a los demás, a todos, sean quienes sean. Sin pasar factura jamás, y por más que uno se crea con derecho a pasarla. Por eso, el respeto es tolerancia y aceptación del pluralismo. Aceptación, incluso, de la crítica a la propia función.

Pero está claro: vistas así las cosas, resulta evidente que el respeto, vivido de forma tan incondicional, es seguramente la actitud más difícil de la vida. Sobre todo cuando se imponen razones de valor absoluto que pueden justificar y hasta exigir que se le falte el respeto a otros, “por el bien de ellos mismos”. Las religiones y los personas religiosas (que no espirituales) suelen ser expertas en este tipo de manejos turbios y refinadamente hirientes. Argumentando, además, que hacen eso por “caridad cristiana” o por “fidelidad a la institución”.

Es entonces cuando se descomponen la bondad y el respeto mutuo, justificándolo todo, incluso el peor de los atropellos, en virtud de argumentos “bondadosos”: “Lo hacemos por tu bien”; “Es lo mejor para ti en estos momentos”; “Te censuramos para que reflexiones”; “Esperamos que esto te ayude a ver tu error”. Se hace patente, entonces, el sarcasmo de la mayor hipocresía. Y, desde luego, la supuesta honra de un clérigo al que se ha llamado mentiroso (sea o no sea verdad que lo sea) no debería ser el tobogán por el que se lance la comunidad hacia un proceso disciplinario que tenga, como único objetivo, la restauración de la dignidad de un “ungido”

Las distintas iglesias, y por supuesto la nuestra, necesitan un replanteamiento radical de sus formas de actuar para la disciplina o el castigo eclesiástico, y de las propias bases que los sustentan. Porque, a veces, si pretendemos estar haciendo así la voluntad de Dios, parecen inventados por el peor y más vengativo de los dioses.

En esta dificilísima tarea de la disciplina eclesiástica deberíamos saber rescatar el espíritu del evangelio: el amor fraterno. No es la ley lo que debemos defender, ni de su prevalencia somos garantes. Lo somos, si lo somos de algo, del ser humano que se ve destruido en el mismo seno de nuestra comunidad. En este sentido, es mucho lo que la comunidad cristiana organizada tiene que revisar. Debemos preguntarnos sinceramente hasta qué punto nuestro sistema disciplinario, en todos sus niveles, es signo de un amor que redime al creyente o de una ley que lo reprime.

Esta sola consideración sería suficiente para un serio y largo examen de conciencia. En muchos casos podremos, sí, dejar a salvo esa ley y esa honra que tanto nos esforzamos por salvaguardar. Pero deberemos preguntarnos si el precio que tendremos que pagar será siempre la destrucción del individuo. Esa destrucción que se obra en su ser más íntimo, al verse avasallado por una ley que no entiende ni comprende.

¿Hasta qué punto una moral represiva, que castiga con la exclusión al que disiente, o en el mejor de los casos con el ostracismo, educa al creyente… o lo empuja a vivir exactamente al contrario de lo que le imponemos, con el agravante de la desilusión y el más negro resentimiento? Antes de condenar y castigar, deberíamos hacer examen de conciencia.

El evangelio se mueve sobre esta base: restaurar al hermano, buscar su bien más profundo, mostrarle el respeto y el amor que se le debe como miembro paritario de nuestra misma comunidad. Restaurar, no como jueces omnipotentes, o como padres que se olvidan de que sus hijos están creciendo. Restaurar acercándonos al ser humano, dialogando con él sobre sus problemas y dificultades, comprendiendo su situación, esperándolo todo el tiempo necesario para que dé su respuesta, y respetándolo aunque su respuesta no sea la que esperábamos.

Que este estilo educativo supone un cambio en nuestro esquema disciplinario está fuera de toda duda. Que lo exige el evangelio del amor, también lo está. Con este amor fraterno como premisa fundamental, pensemos ahora todo lo que está sucediendo en el seno mismo de nuestras comunidades, y veamos juntos cuál puede ser la forma más adecuada de que nuestras congregaciones sean levadura y fermento de una vida nueva.

Más que perseguir la honra del “ungido”, persigamos las huellas de Jesús, que hasta a Judas acogió en sus horas más amargas. Jesús no toleró cualquier forma de religiosidad. Desde luego, la que deshumaniza a quienes se identifican con ella, no. Y tampoco a los que se identifican incondicionalmente con los turbios e inconfesables intereses que suelen aparecer en los grupos y personas religiosas al uso. El verdadero “Ungido de Dios” vivió abriendo espacios a los oprimidos, preparando caminos a los que se sienten desorientados, curando a los heridos, restaurando a los avasallados por el poder religioso, agrandando a los pequeños, y poniendo en el sitio que se merecen a aquellos que, en vez de cuidar al rebaño, se empeñan en diezmar el comino.

miércoles, 28 de abril de 2010

EL CHICO DEL SÍ PERO NO...

En la reflexión de hace unos días, a propósito de la parábola en la que el hijo que dijo a su padre que no iba a la viña, después fue, y el que dijo que sí iba, después no fue, veíamos cómo Dios puede, sabe y quiere utilizar la rebelión del hombre para hacerse presente en su vida, de una manera sorprendente.

Avanzábamos, incluso, que parece imprescindible, al principio al menos, una cierta actitud rebelde para que el ser humano se reafirme como tal; para que llegue a ser consciente de la hondura de su propia libertad y esté en condiciones, entonces, de construir una vida plena con su Padre del Cielo. Decir que no, significa descubrirse como ser independiente, capaz de tomar sus propias decisiones y, así, asumir que si es libre para negarse a recibir el amor de Dios, también lo será para abrirse a su ternura. Todos los pasos que el chaval de la parábola que nos ocupa dio, de forma libre y voluntaria para alejarse de la voluntad de su padre, puede darlos para desandar ese camino, en el uso de esa misma libertad.

Hoy os propongo seguir de cerca al segundo hermano; al que prometió ir, pero después no fue.

Segundo caso: una conducta sumisa y conformista conduce al fracaso del proyecto humano.

Es la otra cara de la moneda. Desgraciadamente, muchas veces en el cristianismo hemos confundido obediencia con sumisión, respuesta con sometimiento, entrega con opresión. Puede ser interesante observar, para comprender mejor el sentido del término “obediencia” proviene del latín “audire”, que significa “escuchar” o “estar en actitud de escucha”. Obedecer, entonces, no es someterse al otro porque es autoridad o puede más que nosotros. Es escuchar su llamada, escucharla desde dentro de uno mismo, como una invitación a salir al encuentro del otro. Esa respuesta que se da, libremente, es auténtica obediencia.

El gran peligro de nuestra formación cristiana es el aplastamiento del individuo ante el peso de las órdenes impuestas. Las personas conformistas, o las que piensan especular después con el sometimiento servil, se colocan la máscara de la obediencia, pero sólo es una máscara. Hay muchas maneras de adoptar esta postura: el cumplimiento rutinario del conjunto de normas establecidas por la comunidad, que nos permite no cuestionarnos la validez de todas nuestras otras acciones; la exhibición del conocimiento, de la teología, de los más pequeños vericuetos que hacen diferente y único a nuestro grupo religioso, que nos da la apariencia de creyentes aunque pueda dejar incólumes las áreas del afecto; la sumisión a la autoridad religiosa, medrando a la sombra de los que mandan, con lo que salvamos muy bien nuestro prestigio dentro de la institución mientras que nuestro mundo interior permanece ajeno a todo proceso de cambio…

De esta religiosidad enmascarada se ha hablado mucho a lo largo de los siglos, pero parece como si los cristianos temiéramos deshacernos de ella totalmente. Las apariencias pesan demasiado como para que tengamos el coraje de mostrarnos tal y como somos.

Importante, a mi entender, esta segunda conclusión: jamás confundamos la aceptación de la fe con un simple sometimiento a normas y prescripciones que se dicen venidas de lo alto. Nada más opuesto al evangelio que esta actitud que, al prostituir al hombre, imposibilitándolo para todo proceso de liberación interior, termina por prostituir también la imagen de Dios, como si Él fuese el endiosamiento de la prepotencia.

“La verdad os hará libres…” dijo Jesús. Y cada página del evangelio corrobora esta afirmación. La aceptación del evangelio no es lo primero en la vida del creyente. En todo caso, es el fruto de un proceso que implica, necesariamente, reflexión, paciencia, opción libre y compromiso. Si estos ingredientes, la viña acabará por quedarse vacía. Porque, sin ellos, el que dijo que iba acabará por no ir, y el que dijo que no iría se mantendrá firme en su decisión, porque nada lo moverá al cambio de actitud necesario.

Desde la indiferencia humana, Dios poco puede hacer. Desde la rebeldía, sin embargo, aunque plantea un serio problema a nuestro Padre del Cielo, es algo que Él puede resolver porque no implica pasividad, sino movimiento. En ese movimiento el Espíritu de Dios puede actuar y, sorprendentemente, no se sabe de dónde viene, ni adónde va, porque no para de moverse a la sombra de nuestros propios pasos. Y es que Dios no pierde nunca la paciencia…

jueves, 8 de abril de 2010

EL CHICO DEL NO PERO SÍ...

“Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: Hijo, ve hoy a trabajar a la viña. Pero el chico le contestó: No quiero. Sin embargo, después se arrepintió y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Y le contestó: De acuerdo, iré. Pero después no fue…” (Mateo 21:28-30)

Hoy quiero proponeros una reflexión, en dos partes (una hoy y otra la semana que viene), sobre la historia ficticia de dos chicos. O quizá no tan ficticia. Es lo que tienen las parábolas de Jesús. Que son tan escandalosas, que preferimos pensar que son inventadas. Sin embargo, sólo tenemos que echar un vistazo a nuestras comunidades para caer en la cuenta de que no son tan irreales como a veces nos parecen. Y de escándalo en escándalo, vamos comprendiendo toda la novedad del mensaje de Jesús.

Esta historia de Jesús es ilustrativa. El hijo que parecía desobediente resultó ser obediente, y el que parecía sumiso resultó rebelde.

La explicación inmediata la dio el mismo Jesús: hay en el pueblo de Dios quienes afirman con sus labios cumplir su voluntad, pero en realidad después sólo hacen sus caprichos; hay también quienes en un primer momento rechazan la Palabra con una vida disoluta y, a nuestros ojos, inmoral, pero cuando llega el momento de la verdad reconcilian su vida con el Padre. De esta forma, y como vemos al final de nuestra parábola de hoy, la gente con peor fama entra en el Reino de Dios, mientras que los sacerdotes, ancianos y fariseos se quedan fuera.

Jesús analiza en pocos trazos la actitud religiosa de dos grupos bien definidos de creyentes; o, para ser mas exactos quizá, dos momentos que pueden darse en un mismo creyente, o dos aspectos de una misma persona que se dice religiosa.

Primer caso: un chico de una conducta rebelde pasa a la aceptación de la voluntad de Dios. Ante la invitación del padre a trabajar en la viña, el primer hijo responde espontánea y taxativamente: No quiero. Pero después se lo piensa mejor y va a trabajar.

Tal persona se nos presenta, al menos en primera instancia, como un rebelde. Ve la voluntad del padre como una imposición a la suya propia; la rebeldía es casi la afirmación de su identidad, más que el rechazo al padre. Es la situación típica del adolescente, que necesita afirmarse como persona a través de muchos noes agresivos.

La parábola parece considerar normal en la vida del creyente una primera actitud de rebeldía. En efecto, un servil sometimiento a Dios sería precisamente lo opuesto a la voluntad de Dios, libre para amar y deseoso de una respuesta libre por parte del hombre. En la medida en que éste se siente capaz de rebelarse y lo hace, se afirma como hombre, como si se diera cuenta de que entregar su propia voluntad en manos de otro, de forma indiscriminada, es algo que atenta gravemente contra sí mismo.

Así que puede haber un tiempo en la vida del creyente en que tiene derecho a decir NO a Dios; tiene derecho a medir el significado de una entrega que en ningún caso puede significar la renuncia a su propia identidad y opción. Podemos llegar a la conclusión, incluso, de que ese primer rechazo no es visto por Dios como algo aborrecible por sí mismo, en la medida en que es la afirmación del hombre en su derecho a elegir. Lo que sí aborrece Dios es la actitud farisaica y santurrona de quienes ya se consideran justos y sin necesidad de cambio alguno. Ésta es una de las escandalosas conclusiones de esta parábola: El rechazo a Dios puede jugar un papel positivo en la vida de fe, en la medida que nos permite vernos como somos para saber después lo que elegimos. Dios prefiere ese largo camino, saturado de libertad y de fracasos, al camino corto de los que dicen sí a todo pero no se comprometen en serio con nada.

Sin embargo, es importante insistir en que la parábola no alaba el rechazo al padre como tal, sino el proceso de ese hijo que pudo, desde un rechazo instintivo y violento, llegar hasta una aceptación voluntaria y reflexionada de la petición del padre.

Una vez más resalta la pedagogía del Reino de Dios, tan opuesta y distinta a la pedagogía que está al servicio de los intereses de una institución religiosa; la pedagogía del Reino no tiene prisa en recoger frutos del hombre, no quiere frutos prematuros, que después se echarán a perder por la helada tardía. Dios sabe esperar al hombre, le deja tiempo para que piense sus decisiones, para que reflexione sobre todo el alcance de un compromiso que, para ser tal, debe tener sus raíces bien enganchadas a la tierra. Un Dios que no se escandaliza por la debilidad humana, ni por el pecado, ni por la rebeldía: por ese trance ha de pasar todo aquél que quiera comprometerse de verdad con el Padre. La rebeldía nos otorga la experiencia de las ataduras interiores, y eso tiene un valor inmenso a la hora de elegir.

Me admira descubrir a este Dios tan humano, tan maduro en respetar al otro, aun en una decisión adversa. Porque toda pedagogía de liberación pasa por ese trance doloroso, sí, pero inevitable: ser consciente de que si no se es uno mismo cuando se escoge, en un acto libre, toda respuesta que se dé no tiene valor. Se trata de una pedagogía escandalosa, que jamás aceptarán quienes no gozan de su propia libertad interior; sólo personas serviles y domesticadas pueden exigir una respuesta servil y domesticada al creyente.

Consoladora conclusión a esta primera reflexión: Dios nos da tiempo para que respondamos; no nos apresura a escribir con buena letra antes de tiempo. Más bien nos propone estudiar y reflexionar el Evangelio; probar, si es el caso, otros esquemas de vida; afirmar nuestra personalidad de alguna manera… para que nuestra opción de fe sea sentida como un gesto esencialmente libre y comprometido. Es importante que el hombre que busca vivir en libertad lo consiga. Jesús tiene la seguridad de que su Buena Noticia no defraudará al hombre sincero. Por eso nos espera. Arriesga por nosotros mucho más de lo que nosotros arriesgamos: respeta, espera y confía. Hasta ahí llega él. El resto es cosa nuestra…

miércoles, 17 de marzo de 2010

RAHAB, LA RAMERA DE JERICÓ

"Y ellos fueron, y entraron en casa de una ramera que se llamaba Rahab, y se refugiaron allí" (Josué 2: 1-24)

De nuevo una mujer es la protagonista del relato bíblico que te propongo esta vez. Una de las prostitutas más populares de las Escrituras (qué mal suena eso, ¿no?). Y sin embargo, esta señora, hija de la calle y amiga de las esquinas y los tugurios, supo escoger al final, que suele ser el momento más importante (y el más difícil para escoger), lo mejor para ella y su familia (cosa que, con su oficio, no le era siempre posible).

Acostumbrada a decir siempre que sí, aún con asco o con cosas peores, quiso aprovechar una de las pocas oportunidades que se le ofrecieron de ser ella misma, sin miradas artificiales ni síes con sabor a las babas de otros.

Demasiado conocida por algunos, pero desconocida realmente por todos, Rahab conoció, por fin, a dos hombres que no pretendían manosearla, sino que les echase una mano. Estaba ya tan harta de dar lo que exigían los que pagaban, que agradeció que aquellos israelitas no viniesen con monedas por delante, sino con los ojos llenos de miedo, y una súplica en los labios: acógenos en tu casa, donde la presencia de hombres extranjeros no es sospechosa.

Seguramente, aquellos israelitas no se habían propuesto hacer bien a nadie, pero fueron a golpear a la puerta de Jericó que más los necesitaba. Porque, a veces, Dios se ve capaz de aprovechar las situaciones más corrientes e intrascendentes para descubrirse ante tus ojos. Tan intrascendentes como abrir una puerta.

Porque nuestro Padre está siempre detrás de cada una de las cosas insignificantes (a nuestro entender) de la vida, con distintos ojos y distintos labios cada vez, pero con la misma mirada amable y las mismas palabras tiernas, esperando que algún día te decidas a abrirle la puerta y ofrecerle tu casa.

Cierto es que el acto de abrir no es aún la conversión (como no lo fue para Rahab tampoco). Abrir es, simplemente, tener la curiosidad necesaria como para querer saber quién está detrás de ese puño que golpea tu puerta. Pero es un primer e importante paso.

Tampoco hacerlo pasar a tu casa es aún la conversión. Invitarle a entrar es, simplemente, aceptar ser “molestado” por Dios, para ver si te interesa lo que te ofrece. Es ofrecerle tu atención durante unos momentos para saber lo que quiere. Pero es ya un segundo y comprometido paso. Comprometido, porque dejar hablar a Dios, aunque sea sólo por curiosidad, es correr un enorme "riesgo" (que merece la pena, por cierto).

Lo que sí denota la conversión, sin embargo, es la frase que pronuncia Rahab después de haber abierto, invitado a pasar y reconocido a sus huéspedes. Tras una sabrosa conversación con ellos (no dejes de leerla, porque no tiene desperdicio), la mujer acaba por declarar: "...porque Jehová, vuestro Dios, es Dios arriba en los cielos y abajo en la tierra" (Jos.2:11).

¡Eso sí que es estar convertida! Es creer que Dios no es sólo Dios en el cielo, donde todos se portan como angelitos (¡claro!), sino también aquí abajo, en lo más profundo del corazón humano, desorientado por los errores, muchas veces propios, y esclavizado por ellos.

Convertirse es darse cuenta de que merece la pena estar en compañía de Dios, y alegrarnos de haberlo conocido. Rahab, probablemente, se "cambió de bando" (creo que acabo de dar con una nueva definición de conversión, perdonadme la inmodestia…) porque tuvo miedo de ser carne de cementerio demasiado pronto. Pero que tire la primera piedra el que no se haya planteado alguna vez que vale más vivir eternamente en el cielo, que quedarse para siempre a dos metros bajo tierra. Porque la conversión significa quererse (y dejarse querer…) lo suficiente como para elegir lo que de verdad más nos conviene.

Lo importante fue que aquella mujer, que había dejado de serlo plenamente hacía ya muchos años (tantos como tiempo hacía que se vendía a precio de carne), se dio cuenta del peligro que corría, y decidió poner remedio a su situación. Al colocar aquella pequeña cinta granate en el marco de su ventana, firmó un contrato con Dios, que iba a durar toda la vida; la de aquí y también la de Allá). Y mientras Jericó, con su muro inexpugnable (en el que precisamente vivía Rahab (Jos.2:15)), se derrumbaba, convertida en ruinas, ella edificó su casa entre los israelitas, y vivió con ellos para siempre (Jos.6:25).

La conversión de esta decidida mujer, que supo salir de los abismos de la soledad, nos muestra cómo Dios cuenta con todos para realizar sus planes, si nos decidimos a abrir la puerta, invitarle a entrar, y "cambiar de bando". Rahab pasó de ser "hija de la calle" a ser "abuela del Mesías", porque según el evangelio escrito por Mateo llegó a ser antepasada de Jesús (Mt.I:5).

¿Y tú? ¿Te querrás lo suficiente como para decidirte a entrar a formar parte de la familia de Jesús?

miércoles, 3 de marzo de 2010

MARTA: LA CHICA DE LAS SARTENES...

"Y Marta, cuando supo que Jesús venía, salió a encontrarlo" (Jn.11:17-44)

La reflexión que hoy os propongo va dirigida, sobre todo, a los chavales y chavalas que viven en hogares cristianos, que comparten por herencia la fe de sus padres, pero que necesitan dar un paso más hacia Jesús. No es que hoy los adultos me estorben. No os marchéis. Seguís siendo bienvenidos. Pero me gustaría que invitaseis a vuestros hijos a leer esto que sigue. Quizá, incluso, aprovecharlo para mantener juntos una conversación de la que podáis sacar algo bueno. Serán sólo unos minutos...

Muchas veces he leído este texto (imagino que tú también). Se trata del relato evangélico típico para hablar de la resurrección, y Lázaro es el personaje principal (junto con Jesús, evidentemente) de la historia.

Sin embargo, vamos a dejar tranquilo a Lázaro, aunque sea sólo por una vez, porque quiero hablarte de otro milagro que Jesús realizó en aquella misma ocasión, que aunque menos espectacular, será más duradero. Me estoy refiriendo a la conversión (la de verdad) de Marta.

Lázaro había muerto y Jesús, aparentemente, no había hecho nada por impedirlo. Hoy, algunos habrían intentado procesarlo, probablemente, por no asistencia a persona en peligro. Es paradójica esta actitud del Maestro cuando sabemos que era, además, su amigo del alma. Por eso, cuando Jesús se decide a ir a Betania, Marta ya lo está esperando en la puerta de su casa, con un reproche en los labios: "Si hubieses estado aquí, mi hermano no hubiese muerto." (Jn. 11:21). Una frase terrible, cargada de nostalgia, de melancolía, de recuerdos y de rabia; es la expresión patética de la angustia de la pérdida.

Sin embargo, Marta no sabe que si Jesús no había estado allí cuando su hermano murió, fue, quizá, porque ella no estaba preparada para que El estuviera. Porque Marta necesitaba, para madurar su conversión, con toda probabilidad, una resurrección y no una curación. Quizá la curación no hubiese sido suficiente. Cada vez que Jesús había estado en su casa, Marta no había salido de la cocina, no había tenido (no se había dado) la oportunidad de conocer realmente al Maestro, y de creer que Él era el Mesías, el Salvador, aquel que puede devolver la vida a cualquier muerto (incluso a los muertos vivientes que plagan las calles de nuestras ciudades).

El corazón de Marta no estaba maduro aún, y la tristeza se iba a encargar de ablandárselo. Porque, a veces, sólo la desesperación nos mueve a la conversión. Cuando la situación se hace tan desesperada que ya no se piensa en el futuro, sino sólo en el dolor del presente, el ser humano se vuelve hacia Dios en busca de consuelo. Ése es el momento que Jesús aprovecha para ponerte cara a cara con tu propia conversión.

Me parece revelador el caso de Marta, porque me va a ayudar a reflexionar contigo en un tipo de conversión al que no hemos solido dar la importancia que merece: la de los hijos de padres ya cristianos. Niños que han vivido, desde la cuna, la vida religiosa de sus padres. ¿Les hace falta convertirse a ellos también?

Marta conocía muy bien a Jesus. El era íntimo de la familia desde hacía ya mucho tiempo. Probablemente todos los días se hablaba del Maestro en la casa de Lázaro, y aquella mujer había tenido la oportunidad de SABER mucho de Él. Sin embargo, quizá nunca había tenido contactos ni conversaciones personales con Jesús, porque cada vez que éste llegaba a casa, Marta estaba en la cocina preparando la comida. Marta lo sabía casi todo de Jesús.

Así lo indica la frase que le dice al Maestro: "Mas SÉ que todo lo que le pidas a Dios, Él te lo concederá." (Jn.I1:22). La palabra más importante de esta declaración es, a mi entender, ese "SÉ". Porque saber es sólo el primer peldaño en la escalera de la conversión. Marta estaba aun en él. Había dado, desde hacía tiempo ya, ese primer paso imprescindible: SABER. Pero desde entonces no había vuelto a moverse.

Ella sabía que Jesús podía hacer cosas extraordinarias, que el Maestro era un privilegiado al que Dios daría todo lo que le pidiera. Pero eso no bastaba. Porque saber no es CREER. Creer exige un compromiso que saber no pide. Que tú sepas de Jesús (prácticamente todo el mundo occidental sabe de Él) no quiere decir, obligatoriamente, que creas a Jesús, que creas lo que Él te dice. Éste es el problema que se plantea a algunos hijos de padres ya cristianos (quizá tu mismo seas uno de ellos): saben todo lo que hay que saber, pero no han intimado aún con el Maestro y, por lo tanto, no han tenido la oportunidad de convertirse de verdad.

Por ello, Jesús va a tener que realizar un milagro (quizá mayor y más difícil) antes del milagro: conseguir que Marta pase del "Sé que Tú" al "Creo en Ti". Eso es, también, la conversión: no sólo saber (incluso de memoria) lo que los padres creen sobre Jesús, sino acabar creyendo tú también, porque has sentido que Jesús te hablaba desde dentro.

Al final, después de haber dejado de lado, por una vez, los cacharros de la cocina (debía ser, por cierto, una irreductible ama de casa, porque tuvo que morirse su hermano para que se decidiese a salir de la cocina) y escuchar de verdad (y no entre plato y plato) a Jesús, Marta aprendió del todo la lección. No bastaba con saber, y la hermana de Lázaro acabó por pronunciar la frase que marcó su conversión: Pasó del "SÉ que todo lo que pidas a Dios te lo dará" al "Sí, Señor; yo HE CREÍDO que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido a este mundo." (Jn.II:27).

Querido amigo/a que has nacido (felizmente) en un hogar ya cristiano: Es bueno (e imprescindible) que sigas el ejemplo de tus padres, que creas lo que ellos te explican de la religión, que te fíes de su experiencia. Pero nada podrá sustituir a tu encuentro, corazón a corazón, con Jesús. Porque sólo Él, y no tus padres, conseguirá que tu conversión sea una realidad.

Habla con Jesus, cuéntale lo que te preocupa, repróchale si es preciso, como Marta, lo que te parece injusto y deja, después, que Él se explique, que te dé sus razones, que te aclare su actitud. En una palabra, encuéntrate con Él, sincérate y permite que te haga feliz, porque es lo que está (y estás) esperando desde hace mucho tiempo. A partir de ese encuentro, te lo puedo asegurar, vivirás la vida plenamente, con alegría, con optimismo, SABIENDO y CREYENDO que Jesús estará siempre allí, contigo, porque Él es el "Hijo de Dios que ha venido a este mundo".

Tu conversión, entonces, no será más que un hermoso recuerdo. Y empezará, de pleno, tu vida al lado de Jesús.

¿De verdad que te lo vas a perder? No me lo creo...

miércoles, 24 de febrero de 2010

LOS DIEZ LEPROSOS...

"¿No hubo quien volviese y diese honra a Dios, sino este extranjero?" (Lc 17: 11-19)

Diez leprosos y Jesús. Diez despojos humanos, frente a aquél que había creado al hombre fuerte y hermoso. Es la constante que encontramos en los evangelios: Jesús y los otros. Y entre los dos polos, un abismo insalvable (a simple vista). Jesús y los diez abortos en los que se han convertido los seres humanos al apartarse de Dios. Pero de esos diez abortos, el Maestro va a conseguir, al menos, un recién nacido, un nuevo nacimiento.


Nueve son judíos y uno samaritano. Y todos viven juntos. ¡Qué curioso, y a la vez qué tragedia!: la enfermedad y la miseria consiguen, a veces, lo que no consigue la vida: que los hombres olviden sus odios raciales y se reúnan, en un mismo grupo, judíos y samaritanos.

La enfermedad los pone en posición de búsqueda y suplican a Jesús, a gritos, que los cure, porque por sí mismos no son capaces más que de aullar pidiendo auxilio.

La reacción de Jesús es, simplemente, desconcertante: los manda a los sacerdotes para que certifiquen una curación ¡que aún no ha ocurrido!. Más sorprendente será, todavía, la reacción de los leprosos a la orden de Jesús: dan media vuelta y se van. Así de sencillo. Se lo han creído, tienen fe. Los diez. Todos están convencidos (¿convertidos?) de que cuando lleguen a los sacerdotes, estarán curados. Los diez creen en Jesús. O mejor dicho, los diez creen que Jesús puede curarlos. En realidad, sólo uno de ellos creyó de verdad en Él y, por lo tanto, se convirtió.

En el propio sendero que los había traído hasta Jesús, va a ocurrir el prodigio: todos son curados, sin excepción. Diez milagros que van a devolver la ilusión a diez hombres sin esperanza. La lepra, que durante tantos años los había condenado al polvo del camino, quedará atrapada a su vez (divina ironía) en el polvo del camino.

Pero lo que la enfermedad unió (humana ironía) va a separarlo la salud: los nueve judíos siguieron su camino hacia los sacerdotes, mientras que el samaritano DIO MEDIA VUELTA para encontrarse con Jesús (quédate con el "dio media vuelta", porque luego te hablaré de él).

¿Qué decir de los nueve judíos? En realidad, creo que no eran ni buenos ni malos. Simplemente reaccionaron como si sólo algo extraordinario hubiese ocurrido en sus vidas. Aceptaron el milagro con naturalidad. La curación, probablemente, les aportó poco de nuevo, porque volvieron a ser lo que ya antes habían sido: hombres sanos, sin más.

¿Qué hay de tu encuentro con Jesus? ¿Cambió tu visión de la vida, o sigues como antes, con la misma mirada ante las cosas y las personas?

Los nueve leprosos judíos se habían acercado tan sólo para conseguir la curación (el samaritano también, por cierto) y ya estaban sanos. El prodigio sería una anécdota más que podrían contar a sus hijos y a los hijos de sus hijos. En el desierto de sus vidas se encontraron con la Fuente de Agua Viva y se contentaron con mojarse la cara para atenuar el calor. Olvidaron que el agua, además de refrescar, se bebe también (¿no?), y dejaron pasar la oportunidad de cambiar, además de por fuera, por dentro. Se perdieron la mitad del milagro, la más importante. El samaritano, no.

Aquel extranjero volvió a Jesús para darle las gracias. Había encontrado en Él algo decisivo, revolucionario para su propia vida, y quiso verlo de nuevo, de cerca. Esa media vuelta cambió su destino eterno: "Levántate, vete; este gesto tuyo te ha atraído hacia la salvación".

Ésta es la principal lección, sobre la conversión, de este relato: volver a Jesús. La curación inició el camino de salvación de aquel hombre; pero necesitaba, aún así, volver a Él. Porque aunque tu primer encuentro con el Maestro te haya puesto en el camino de la salvación (eso es convertirte), será imprescindible que cada día des media vuelta y te acerques a Jesús para “mantenerte sano”.

El samaritano comprendió que su vida no podía ser ya la misma de antes, y se volvió sobre sus pasos. Cambió su forma de pensar, y de interpretar la vida nueva que se le ofrecía: lo importante, antes, era su lepra. Lo importante, a partir de ahora, será Jesús. Además de librarse de la muerte, comprendió el sentido de la vida: volver a Jesús.

¿Lo he comprendido yo? En ésas andamos...

miércoles, 17 de febrero de 2010

EL CHICO DE LA SÁBANA

Negrita“Pero lo iba siguiendo un joven, envuelto con una simple sábana, y le echaron mano. Pero él, soltando la sábana, se escapó desnudo.”
(Mc.14:51,52)

Me subyuga este personaje de los evangelios. Primero, porque es joven, probablemente adolescente aún. Segundo, porque en esta pequeña historia, de apenas dos versículos, creo descubrir todo un abanico de sensaciones compartidas con este muchacho que quiso seguir a Jesús.

Antes de nada, quiero prestar atención a este "Pero" con que empieza el relato. Porque si hay un "pero", es que la actitud de este joven difiere de la presentada en el versículo anterior. Y así es: los discípulos de Jesús, ésos que durante más de tres años habían andado con El (algunos, incluso, por encima del mar), comido con El (a veces panes y peces de las sobras de un milagro), y dormido con El (es lo que mejor sabían hacer, según el relato evangélico), descubrimos que, al ver que Jesús se dejó arrestar sin ofrecer resistencia, huyeron despavoridos y abandonaron al Maestro. Tuvieron miedo y se "rajaron".

"Pero lo iba siguiendo un joven...". Un muchacho anónimo, sin historia (por lo menos hasta ahora), sin nombre ni ropa, del que sólo se nos cuenta una sesión de "striptease". Quizá, ya acostado, oyó hablar a sus padres del posible arresto del Maestro, y no soportando la idea de no volver a ver a aquél que lo había tenido, probablemente, encima de sus rodillas, y le había dicho al oído que el Cielo era para los chicos como él, se levantó de la cama y, sin tiempo para vestirse, cogió la sábana y salió a la calle en busca de su "ídolo" (en el más estricto sentido del término).

Para cuando lo encontró, en el huerto de Getsemaní, Jesús ya había sido arrestado y estaba siendo conducido al Sanedrín, a fuerza de empujones y de golpes. El muchacho sintió miedo, pero decidió seguirlo de cerca. Tan de cerca, que fue tomado por sospechoso y los soldados intentaron apresarlo, agarrándolo por la sábana.

Creo que el muchacho, para aquel entonces, ya estaba convertido. Si no, no hubiese arriesgado lo que arriesgó. Sus diferentes encuentros con Jesús lo habían marcado profundamente. Así definiría yo la conversión: las marcas imborrables que dejan nuestros encuentros con Jesús, y que nos empujan a echarnos a la calle, para hacer algo por El.

Sin embargo, aunque ya convertido, el chaval falló estrepitosamente en un momento difícil, y abandonó también a Jesús. Porque la conversión no nos hace perfectos, ni infalibles. Convertirse es decir nuestro primer sí sincero al Maestro, en un camino que estará plagado de otros síes, y de muchos noes. La conversión es decidir seguir a Jesús, cueste lo que cueste, aunque no lleguemos a hacerlo siempre de cerca.

El caso del chico de la sábana, que según la tradición era Juan Marcos, nos ayuda a comprender este aspecto de la conversión. Aquel joven huidizo, que volvió a huir, años más tarde, de sus responsabilidades como predicador al lado de Pablo y Bernabé (Hch.I5:37,38), encontró al fin el rumbo, y acabó por escribir nada más y nada menos que el segundo libro del Nuevo Testamento, el evangelio según San Marcos.

No deberíamos dejarnos desesperar por nuestros errores, ni dudar de nuestra conversión cada vez que nos equivocamos. Convertirse es sólo el principio de un camino a recorrer tras las huellas del Maestro. Hay que darle tiempo a Jesús. Ya llegará el día en que lo que ahora nos parece imposible de vencer, no será más que un recuerdo. Juan Marcos es el vivo ejemplo: en un momento de debilidad, o de miedo, huyó de Jesús y se quedó desnudo (como nos quedamos todos, siempre que nos separamos de El), pero supo levantar la cabeza, recobrar la esperanza, y contar su historia, una y otra vez, a los millones de cristianos que cada día leen su evangelio.